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lunes, 15 de septiembre de 2025

San Genaro - 15 de Setiembre - Jn 12, 24-26

Interdependencia - Jn 12, 24-26

Versículo 24: Solo muriendo se consigue la vida. En la metáfora del grano de trigo, Jesús se compara a sí mismo con un grano de trigo cae en la tierra, muere y da una cosecha mayor y mejor.

Ese fruto es un fruto espiritual que es el resultado de morir a sí mismo, de renunciar al control personal para convertirse en un fruto bueno y abundante del reino de Dios.

Al morir a sí mismos, cristianos alcanzan una vida espiritual más abundante y rica que la que podrían lograr aferrándose a sus propios planes terrenos.

El versículo 25 nos sugiere que Jesús afirma que amar la vida en este mundo, con todas sus ganancias mundanas es perderla, mientras que aborrecerla la lleva a la vida eterna.

Aborrecer la vida no es autodesprecio de la vida sino menosprecio de tus propios deseos y planes que son poco en comparación con el valor supremo de Cristo. Es un no aferrarse a las cosas temporales de este mundo para enfocarse en Cristo. Es la decisión de entregar la vida para que Cristo viva en ti, para que se haga su voluntad en tu vida.

El verso 26 dice que servir a Jesús requiere seguirlo, incluso por el camino que lleva a la muerte, del mismo modo que él siguió la voluntad de su Padre. Seguir significa hacer su voluntad.

Con Jesús nunca estamos solos porque donde esté Jesús, allí también estarán sus siervos, lo que significa un futuro y un propósito compartidos con él. Si estamos con él honraremos al Padre y el Padre honrará a quienes sirven a Cristo. No tanto por el sufrimiento en sí, sino como resultado de la sumisión total a la voluntad de Cristo y de sus propósitos.

Jesús se llamó a sí mismo el siervo de todos, que vino no para ser servido, sino para servir. Sin embargo, incluso Jesús a veces necesitó el servicio de otros y agradeció la ayuda que le brindaron. El evangelio de hoy destaca cómo recibió ayuda de varias mujeres que apoyaron su causa. Lucas afirma que, mientras Jesús recorría pueblos y aldeas predicando, varias mujeres lo ayudaron con sus propios recursos. Su servicio le permitió servir a los demás.

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Lecturas en lenguaje Latinoamericano – 15 de Setiembre
Memoria Opcional de San Jenaro, obispo y mártir - Común de mártires o de pastores

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Primera lectura: Hebreos 10, 32-36
Hermanos: Recuerden aquellos primeros días en que, recién iluminados por el bautismo, tuvieron ustedes que afrontar duros y dolorosos combates. Unas veces fueron expuestos públicamente a los insultos y tormentos. Otras, compartieron los sufrimientos de los hermanos que eran maltratados, se compadecieron de los que estaban en la cárcel y aceptaron con alegría que los despojaran de sus propios bienes, sabiendo ustedes que están en posesión de otros, mejores y perdurables.

Por lo tanto, no pierdan la confianza, pues la recompensa es grande. Lo que ahora necesitan es la perseverancia, para que, cumpliendo la voluntad de Dios, alcancen lo prometido.
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Salmo Responsorial: Del Salmo 125:
Entre gritos de júbilo cosecharán aquellos que siembran con dolor.

Cuando el Señor nos hizo volver del cautiverio,
creímos soñar:
entonces no cesaba de reír nuestra boca,
ni se cansaba entonces la lengua de cantar.
R. Entre gritos de júbilo cosecharán aquellos que siembran con dolor.

Aun los mismos paganos con asombra decían:
""Grandes cosas ha hecho por ellos el Señor"".
Y estábamos alegres,
pues ha hecho cosas grandes por su pueblo el Señor.
R. Entre gritos de júbilo cosecharán aquellos que siembran con dolor.

Como cambian los ríos la suerte del desierto,
cambia también ahora, nuestra suerte, Señor,
y entre gritos de júbilo,
cosecharán aquellos que siembran con dolor.
R. Entre gritos de júbilo cosecharán aquellos que siembran con dolor.

Al ir, iba llorando, cargando su semilla;
al regresar, cantando vendrán con sus gavillas.
R. Entre gritos de júbilo cosecharán aquellos que siembran con dolor.
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Aclamación antes del Evangelio: Santiago 1, 12

R. Aleluya, aleluya.
Dichoso el hombre que sufre la tentación porque, después de haberla superado,
recibirá en premio la corona de la vida.
R. Aleluya.

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En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ""Yo les aseguro que si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto.
El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo,
se asegura para la vida eterna.

El que quiera servirme, que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor.
El que me sirve será honrado por mi Padre.

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Nuestra Señora de los Dolores - Juan 19, 25-27

El título de “Nuestra Señora de los Dolores” se le dio originalmente a Nuestra Señora
para recordar su intenso dolor durante la pasión y muerte de nuestro Señor.
Gradualmente, el alcance de este título no se limitó a la Sagrada Pasión
y se extendió para abarcar los “siete dolores” de María,
como predijo el anciano profeta Simeón
durante la presentación del niño Jesús en el templo de Jerusalén.

Esta devoción es popular en la Iglesia Católica,
muchos de cuyos fieles disfrutan meditando sobre sus Siete Dolores,
y existe una devoción correspondiente a los Siete Gozos de María.
En la tradición irlandesa,
la lamentación “Caoineadh na dtri Muire” (Las lamentaciones de las tres María)
conmemora la participación de María en la Pasión de Jesús.
Los Siete Dolores son los siguientes:

1. La profecía de Simeón sobre la espada del dolor (Lc 2,34-35);

2. La huida de José, María y Jesús a Egipto (Mt 2,13);

3. La pérdida del Niño Jesús en el Templo (Lc 2,43-45);

4. María se encuentra con Jesús camino del Calvario (Lc 23,26);

5. Jesús muere en la cruz (Jn 19,25);

6. María recibe el cuerpo de Jesús en sus brazos (Mt 27,57);

7. El cuerpo de Jesús es depositado en el sepulcro (Jn 19,40).

La ​​fiesta litúrgica de Nuestra Señora de los Dolores fue proclamada en Colonia (1413) como respuesta a los husitas, bajo el título: Commemoratio angustiae et doloris B. Mariae Virginis.

Hasta el siglo XVI, la fiesta se celebraba únicamente en el norte de Europa.
Anteriormente, en Toscana (1233), siete jóvenes fundaron la Orden de los Siervos de María (OSM u «Orden de los Siervos de María»). Cinco años después, establecieron los Dolores de María bajo la Cruz como la principal devoción de su orden.
Desarrollaron las dos devociones más comunes a los Dolores de Nuestra Señora:
el Rosario de los Siete Dolores y el Escapulario Negro de los Siete Dolores de María.

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Nota: Los husitas fueron un movimiento reformista y proto-protestante surgido en Bohemia en el siglo XV,
 inspirado por el teólogo Jan Hus,quien fue quemado en la hoguera por la Iglesia en 1415.)
Después de la muerte de Hus, sus seguidores se unieron en un programa común, los "Cuatro Artículos de Praga", que exigían: 

·     Comunión bajo dos especies: Que los laicos recibieran tanto la hostia como el vino en la Eucaristía.

·     Libertad de predicación: La posibilidad de predicar la palabra de Dios libremente.

·     Pobreza clerical: Que los eclesiásticos vivieran con una gran austeridad y sin posesiones materiales.

·     Castigo de los pecadores: Que los pecados mortales fueran castigados por igual, independientemente del estatus social del pecador.

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Verdadera compasión

Cuando alguien a quien amamos sufre, sufrimos con él. Cuanto más amamos a alguien, más sufrimos cuando sufre.
Esto es especialmente cierto en el caso de los padres cuando sus hijos sufren.
Cuando un hijo o una hija sufre física, emocional o mentalmente,
la madre y el padre sufren tanto como su hijo, y a veces incluso más.
Entregas tu corazón con amor a alguien y, invariablemente, se romperá.
No hay amor sin sufrimiento.
La única manera de evitar ese tipo de sufrimiento es encerrar nuestro corazón.
La tentación puede ser negarnos a entregar nuestro corazón a nada ni a nadie,
para que se mantenga intacto y nunca se rompa, pero hacerlo es solo vivir a medias.
La única manera de vivir es amar y aceptar el sufrimiento que el amor inevitablemente conlleva.
Hoy celebramos la festividad de Nuestra Señora de los Dolores.
Ella entregó su corazón a su Hijo
y, cuando el cuerpo de su Hijo fue quebrantado, el corazón de María fue quebrantado.
La Piedad de Miguel Ángel captura esto con gran fuerza.
En el evangelio de hoy, Simeón establece esa conexión entre el sufrimiento de Jesús y el de su madre.
Jesús está «destinado a ser signo de contradicción» y, como para María, «una espada traspasará también tu alma».
Cuando nuestro corazón se rompe por amor,
podemos buscar en Nuestra Señora de los Dolores nuestra inspiración y nuestro apoyo.

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Lecturas para la Memoria de Nuestra Señora de los Dolores

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Primera lectura: 1 Timoteo 2, 1-8

Te ruego, hermano, que ante todo se hagan oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres,
y en particular, por los jefes de Estado y las demás autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y en paz,
entregada a Dios y respetable en todo sentido.

Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro salvador,
pues él quiere que todos los hombres se salven y todos lleguen al conocimiento de la verdad,
porque no hay sino un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús,
hombre él también, que se entregó como rescate por todos.

El dio testimonio de esto a su debido tiempo y de esto yo he sido constituido,
digo la verdad y no miento, pregonero y apóstol para enseñar la fe y la verdad.

Quiero, pues, que los hombres, libres de odios y divisiones,
hagan oración donde quiera que se encuentren, levantando al cielo sus manos puras.

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Salmo Responsorial: Salmo 27, 2. 7. 8-9 (Salva, Señor, a tu pueblo.)

Escucha, Señor, mi súplica,
cuando te pido ayuda
y levanto las manos hacia tu santuario.
R. Salva, Señor, a tu pueblo.

El Señor es mi fuerza y mi escudo:
en él confía mi corazón;
él me socorrió y mi corazón se alegra
y le canta agradecido.
R. Salva, Señor, a tu pueblo.

El Señor es la fuerza de su pueblo,
el apoyo y la salvación de su Mesías.
Salva, Señor, a tu pueblo y bendícelo, porque es tuyo,
apaciéntalo y condúcelo para siempre.
R. Salva, Señor, a tu pueblo.

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Secuencia: La Madre piadosa estaba (opcional)

La Madre piadosa estaba
junto a la cruz, y lloraba
mientras el Hijo pendía;
cuya alma triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y afligida
estaba la Madre herida,
de tantos tormentos llena,
cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena!

¿Y cuál hombre no llorara
si a la Madre contemplara
de Cristo en tanto dolor?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarlo me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;
porque acompañar deseo
en la cruz, donde lo veo,
tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas
que el llanto dulce me sea;
porque su pasión y muerte
tenga en mi alma de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;
porque me inflame y encienda
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.

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Aclamación antes del Evangelio

R. Aleluya, aleluya.
Dichosa la Virgen María,
que sin morir, mereció la palma del martirio junto a la cruz del Señor.
R. Aleluya.

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Evangelio: Juan 19, 25-27
En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre,
la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena.

Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería,
Jesús dijo a su madre: "Mujer, ahí está tu hijo".
Luego dijo al discípulo: "Ahí está tu madre".
Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.

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O bien: Lucas 2, 33-35
En aquel tiempo, el padre y la madre del niño estaban admirados de las palabras que les decía Simeón.
Él los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció:
"Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel,
como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones.
Y a ti, una espada te atravesará el alma".

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lunes, 18 de agosto de 2025

Oracion de un buen discípulo - Mt 19, 16-22

Providente y amoroso Señor,
ayúdame a amarte sobre todas las cosas.
A veces, mi Dios,
me apego a cosas que me llevan
a olvidarme de Ti.
Puedo oír en lo más profundo de mi alma
tus sabias y compasivas palabras:
«No se puede servir a dos señores» (Mt 6:24).
“Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes,
dales el dinero a los pobres,
y tendrás un tesoro en el cielo;
luego ven y sígueme”.
(Mt 19, 21)
Ayúdame a comprender
que no vale la pena tener muchas cosas,
si no te tengo a ti.

miércoles, 6 de agosto de 2025

Parecen Buenos, pero son Almas Tibias - Juan María Vianney

 San Juan María Vianney (el Cura de Ars), presbítero—Memoria.
Fiesta: 4 de agosto.
Vivió: 1786–1859
Patrono: De los párrocos, sacerdotes y confesores
Canonizado por: el Papa Pío XI en 1925
Color litúrgico: Blanco

Reflexión sobre su historia:
Juan María Bautista Vianney fue el cuarto de seis hijos de padres católicos devotos en Dardilly, un pueblo rural situado cerca de Lyon, en el este de Francia. Juan nació apenas tres años antes del inicio de la Revolución Francesa, durante la cual la Iglesia católica sufrió un feroz ataque. El culto público fue suprimido, las iglesias fueron cerradas o reutilizadas, y muchos sacerdotes juraron lealtad al nuevo estado bajo presión, se escondieron o fueron asesinados. Durante el Terror, de 1793 a 1794, miles de clérigos en Francia fueron ejecutados en la guillotina. Era una época caótica en Francia, y aún más caótica para el sacerdocio.

Durante esta época, la familia Vianney solía ocultar sacerdotes y asistir a sus misas clandestinas en granjas cercanas. El testimonio de los sacerdotes que arriesgaron sus vidas para ofrecer los sacramentos fue una poderosa fuente de inspiración para el joven Juan, y más tarde lo motivó a convertirse en sacerdote. Dado el caos de la época, John pasó la mayor parte de su infancia ayudando en la granja familiar y cuidando los rebaños, en lugar de asistir a la escuela. Recibió una educación sencilla de su madre, pero fue prácticamente analfabeto durante su adolescencia. Recibió en secreto instrucción catequética de dos monjas para prepararlo para su Primera Comunión, que recibió a los trece años en casa de un vecino.

En 1799, Napoleón tomó el poder en Francia y, en 1801, él y el Papa Pío VII firmaron un acuerdo llamado el Concordato. Este acuerdo no restauró completamente a la Iglesia Católica a sus antiguos derechos, pero sí reconoció el catolicismo como la fe de la mayoría de los ciudadanos franceses y permitió el culto público, aunque regulado por el estado. En 1806, el párroco de Écully, el pueblo vecino de John, el padre Balley, abrió una escuela para futuros seminaristas. A los veinte años, John comenzó allí su educación formal. Aunque tuvo dificultades, especialmente con el latín, su fe era manifiesta y su humildad, profunda.

En 1809, la educación de John se interrumpió al ser reclutado por el ejército de Napoleón para ayudar a combatir a los españoles durante la Guerra de la Quinta Coalición. Anteriormente, los seminaristas estaban exentos del reclutamiento, pero Napoleón, al enfrentarse a grandes pérdidas, abolió la exención. Tras unirse a su regimiento, John enfermó, fue hospitalizado y se quedó solo. Fue asignado a otro regimiento y, esta vez, estaba tan absorto en la oración en una iglesia cercana que se perdió su partida. Fue enviado tras las tropas, pero no las encontró y, en cambio, fue desviado a la aldea de Noës, donde se escondían varios desertores. Lo convencieron de quedarse con ellos, cambiar de nombre, esconderse y dar clases en la escuela. Hizo esto durante más de un año. Finalmente, se le concedió la amnistía y pudo regresar a Écully para continuar su educación con el padre Balley.

Aunque John seguía teniendo dificultades con sus estudios, el padre Balley lo apoyaba, pues veía en él una verdadera vocación, un profundo amor por la Santísima Madre y una profunda vida de oración. Tras completar sus estudios en Écully, el padre Balley convenció al vicario general de la diócesis para que le permitiera ingresar al seminario diocesano. John luchó, pero perseveró. Cuando llegó el momento de la ordenación, las autoridades diocesanas cuestionaron su idoneidad. Cuando el obispo preguntó por la piedad de John, le dijeron que rezaba el rosario como un ángel. Eso era todo lo que el obispo necesitaba saber. John fue ordenado sacerdote el 12 de agosto de 1815 y fue enviado a servir como vicario en Écully, bajo la supervisión del padre Balley, donde sirvió durante dos años hasta su fallecimiento.

En 1817, el padre Vianney fue enviado como capellán a la iglesia de San Sixto, en Ars, una comunidad agrícola de poco más de 200 habitantes. Permanecería allí durante los siguientes cuarenta y un años. Mientras el Padre Vianney caminaba hacia Ars, una historia relata que se encontró con un niño pastoreando ovejas. Le preguntó a qué distancia estaba Ars y el niño le indicó la dirección correcta, acompañándolo en el camino. Al ver el campanario a lo lejos, el Padre Vianney se arrodilló en oración durante un largo rato, se levantó y continuó su camino. Al llegar él y el niño, el Padre Vianney le dijo: "¡Me has mostrado el camino a Ars, yo te mostraré el camino al Cielo!".

Ars era conocida por ser una comunidad que disfrutaba de los bailes, las borracheras y las palabrotas. Aunque la iglesia estaba en mal estado, la moral era deficiente y la asistencia a la iglesia escasa, el Padre Vianney se puso manos a la obra. Los habitantes del pueblo desconocían que iban a recibir a un capellán, así que nadie asistió a las primeras misas del Padre. Pero a medida que se corrió la voz, la gente sintió curiosidad. 

Cuando algunos se detuvieron en la iglesia, vieron al Padre Vianney arrodillado en oración ante el Santísimo Sacramento. Luego, otros vieron lo mismo. Y otros más. Con el tiempo, la gente empezó a asistir a misa. Les conmovieron las sencillas homilías del Padre Vianney, que presentaban el mensaje fundamental del Evangelio. Hay que evitar el pecado; quienes persisten en él irán al infierno. Quienes se vuelvan a Dios serán salvados y recibidos en el Cielo. A menudo transmitía estos mensajes predicando sobre el amor de Dios, la oración, los sacramentos (especialmente la Confesión y la Eucaristía) y el deber de vivir una vida de caridad y virtud.

Durante los primeros tres años del ministerio sacerdotal del Padre Vianney, Ars se transformaba. El Padre Vianney no solo pasaba horas orando todos los días, soportaba severas penitencias y ayunos (principalmente patatas cocidas) y restauraba la iglesia, sino que también visitaba a sus feligreses en numerosas casas e incluso a los pueblos de los alrededores. Esto impresionó a muchos y los atrajo a la iglesia. En 1823, la situación iba tan bien que el obispo elevó la Iglesia de San Sixto a la categoría de parroquia y nombró al Padre Vianney párroco. En 1827, el Padre Vianney dijo desde el púlpito: "¡Ars, hermanos y hermanas, ya no es Ars!". Ars se había convertido, la gente acudía en masa a confesarse y a misa, orando, venciendo el pecado y volviéndose al amor de Dios. Pero Ars no era el único lugar afectado; la reputación del Padre Vianney se había extendido por todas partes. Como resultado, miles de personas viajaban a Ars cada año para asistir a sus misas y confesar sus pecados. Muchos días, el Padre Vianney pasaba hasta dieciséis horas en el confesionario. Para la década de 1850, decenas de miles, o según algunas estimaciones, cientos de miles de personas, acudían a Ars. Se tuvo que construir una iglesia nueva y más grande, e incluso se construyó un nuevo ferrocarril para facilitar el acceso de la gente a este pequeño pueblo.

El método del Padre Vianney para ser sacerdote era sencillo. Permitía que Dios lo consumiera, viviera en él y sirviera al pueblo a través de él. Era Dios quien absolvía, predicaba y amaba. El Padre Vianney fue solo un instrumento humano. Se dice que el diablo se le apareció muchas veces, acosándolo e intentando intimidarlo. En una ocasión, el diablo dijo la verdad: «Si solo hubiera tres como ustedes en Francia, no podría poner un pie allí».

Al honrar a este santo sacerdote de Dios, reflexionemos sobre la importancia del sacerdocio. San Juan Vianney dijo una vez: «Si me encontrara con un sacerdote y un ángel, saludaría primero al sacerdote y luego al ángel... Si no hubiera sacerdote, la Pasión y muerte de Jesús no servirían de nada. ¿De qué sirve un cofre lleno de oro si no hay nadie que pueda abrirlo? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del Cielo». Aunque pocos sacerdotes están a la altura de la dignidad y la responsabilidad que se les otorgan, cada sacerdote lleva en su interior el sagrado poder de dispensar la misericordia de Dios, absolver los pecados y hacer presente la Pasión de Cristo en la Eucaristía. Recuerda hoy a tu sacerdote y reza por él, para que se convierta en un instrumento santo y humilde de Cristo.

Cita:
…Creo, hermanos, que les gustaría saber cuál es el estado del alma tibia. Pues bien, esto es. Un alma tibia aún no está del todo muerta a los ojos de Dios, porque la fe, la esperanza y la caridad que constituyen su vida espiritual no se han extinguido del todo. Pero es una fe sin celo, una esperanza sin resolución, una caridad sin ardor. Nada conmueve a esta alma: escucha la palabra de Dios, sí, es cierto; pero a menudo simplemente la aburre… ¿Quién puede atreverse a afirmar que no es un gran pecador ni un alma tibia, sino uno de los elegidos? ¡Ay, hermanos míos!, cuántos parecen buenos cristianos a los ojos del mundo, pero en realidad son almas tibias a los ojos de Dios, quien conoce lo más profundo de nuestro corazón. Pidamos a Dios de todo corazón, si nos encontramos en esta situación, que nos dé la gracia de salir de ella, para que podamos seguir el camino que han recorrido todos los santos y alcanzar la felicidad que ellos disfrutan. Eso es lo que deseo para ustedes. ~Homilía, San Juan Vianney

Oración:

San Juan María Vianney,
amaste a Dios con todo tu corazón y lo presentaste a tu pueblo.
Por ti, Ars y gran parte de Francia se convirtieron.
Ruega por mí, para que esté abierto al ministerio de los sacerdotes,
recibiendo la Palabra y la gracia de Dios a través de ellos,
ofreciéndoles el amor, el apoyo y el respeto que les corresponde.
Ruego especialmente por los sacerdotes en mi vida,
para que se conviertan en santos pastores a imitación de Cristo.
San Juan María Vianney, ruega por mí. Jesús, en ti confío.


jueves, 30 de julio de 2020

El Angelus - Angelus Domini nuntiavit Mariæ.

Esta hermosa oración es el relato bíblico de la Anunciación (Lc 1, 26ss - Jn 1, 14) 
y nos da herramientas espirituales para la meditación cotidiana. 

¿Cómo se reza?
El Ángelus se reza a medio día, en algunos lugares también por la mañana, 
comenzando la jornada (6:00 am) y en la tarde al caer el sol (6:00pm).
Se reza a dos voces y luego de cada estrofa se reza un Ave María.
Al finalizar todas las estrofas se hace una oración breve y se culmina con tres Gloria.
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V. El Ángel del Señor anunció a María.
R. Y concibió por obra del Espíritu Santo.

V. Dios te salve María llena eres de gracia el Señor está contigo;
    bendita tú eres entre todas las mujeres, 
    y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
R. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores,
    ahora y en la ahora de nuestra muerte. ¡Amén!

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V. He aquí la esclava del Señor.
R. Hágase en mí según tu palabra.

V. Dios te salve María llena eres de gracia el Señor está contigo; 
    bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

R. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores,
    ahora y en la ahora de nuestra muerte. ¡Amén!

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V. Y el Verbo se hizo carne.
R. Y habitó entre nosotros.

V. Dios te salve María llena eres de gracia el Señor está contigo; 
    bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

R. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores,
    ahora y en la ahora de nuestra muerte. ¡Amén!


V. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.
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Oremos:
Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros,
que, por el anuncio del Ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo,
para que lleguemos, por su pasión y su cruz,
a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor. ¡Amén!


V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. ¡Amén!
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. ¡Amén!
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. ¡Amén!
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El Regina Coelli
En el tiempo Pascual, incluyendo Pentecostés, en vez del Ángelus rezamos el Regina coeli,
una hermosa oración que nos invita a alegrarnos por la Resurrección del Señor Jesús junto con María.
También se canta o recita a dos voces y culmina con una oración breve:

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V. Reina del cielo, alégrate. Aleluya.
R. Reina del cielo, alégrate. Aleluya.

V. Porque el Señor, a quien mereciste llevar. Aleluya.
R. Porque el Señor, a quien mereciste llevar. Aleluya.

V. Ha resucitado, como lo había dicho. Aleluya.
R. Ha resucitado, como lo había dicho. Aleluya.

V. Ruega al Señor por nosotros. Aleluya.
R. Ruega al Señor por nosotros. Aleluya.

V. Goza y alégrate, Virgen María. Aleluya.
R. Goza y alégrate, Virgen María. Aleluya.

V. Porque verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R. Porque verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Oremos:
Oh Dios, que, por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María,
llegar a alcanzar los gozos eternos. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. ¡Amén!

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La oración como la rezamos hoy, se formó a lo largo de casi tres siglos. 
Se dice que cerca del año 1250, mientras repicaban las campanas, Fr. Benito de Arezzo 
comenzó a cantar o recitar «El ángel le habló a María», a la caída de la tarde. 
El primer registro oficial del Ángelus está impreso en un catecismo de Venecia en 1590. 
Se anota una indulgencia concedida por el Papa Paulo III. 
En 1724, Benedicto XII promovió el rezo de esta oración 
al conceder con el breve «Iniunctae nobis», cien días de indulgencia, 
cada vez que se rezara 
y una plenaria al mes a quien lo rece de rodillas al repique de campanas, 
diariamente por la mañana, a mediodía y por la tarde.

Benedicto XIV establece el 20 de abril de 1742 que en el tiempo Pascual 
se sustituya el "Ángelus" por la antífona: "Regina coeli". 
En 1815, Pío VII, añade al Ángelus tres glorias al Padre 
en acción de gracias «por los dones copiosamente otorgados 
por la Santísima Trinidad a la Virgen, particularmente por su gloriosa Asunción a los cielos».

Rezar el Ángelus ya no es tan común como antes, 
el mismo Papa dirige el tradicional rezo los domingos en la Plaza San Pedro. 
En otras partes del mundo, La oración se reza puntualmente dentro de algunas iglesias 
y en privado en comunidades de religiosos y laicos consagrados, especialmente. 

domingo, 5 de abril de 2020

Celebración de la Palabra en Familia - Domingo de Ramos


Celebración de la Palabra – Domingo de Ramos

Debido a las medidas sanitarias vigentes, seguimos ofreciendo una celebración de la Palabra
que permitirá santificar el domingo, solo o en familia.

Si es posible, antes de la celebración se dispondrá de una simple cruz o un crucifijo
visible en la sala de estary se encenderán una o varias velas.
Se puede colocar también una imagen o cuadro de la Virgen María.
En familia, se elegirá quién guía la oración, y se repartirán las lecturas antes de la celebración.

Guía:
En este Domingo de Ramos, circunstancias excepcionales
nos impiden participar en la celebración de la Eucaristía.
Sin embargo, sabemos que cuando nos reunimos en su nombre,
Jesucristo está presente en medio de nosotros.
Y recordamos que cuando se lee la Escritura en la Iglesia,
es el Verbo mismo de Dios quien nos habla.

El relato de la pasión es la gran palabra de amor
que el Padre pronuncia sobre todos nosotros:
«No ahorró a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros».

Durante esta celebración, rezaremos especialmente
para que cese la pandemia que amenaza al mundo,
por los enfermos y los que han muerto, por sus amigos y sus familiares,
y por todos aquellos que trabajan al servicio de los demás 
en la lucha contra este flagelo.

En el umbral de la Semana Santa,
fijemos intensamente nuestra mirada en Jesucristo Redentor.
Preparémonos ahora a abrir nuestros corazones, guardando un momento de silencio.
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Signo de la cruz. Después de un tiempo de silencio, todos se levantan y se signan diciendo:

G: En nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
T: ¡Amén!
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Himno No me mueve, mi dios, para quererte (Anónimo)

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera. ¡Amén!
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Después de un tiempo de silencio,
el Guía invita a la persona encargada de la primera lectura sigue en pie mientras los demás se sientan.

Primera Lectura: Lectura del libro del profeta Isaías 50,4-7
«En aquel entonces, dijo Isaías:
el Señor me ha dado una lengua experta,
para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento.

Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído,
para que escuche yo, como discípulo.
El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras
y yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
la mejilla a los que me tiraban de la barba.
No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.

Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido,
por eso endurecí mi rostro como roca
y sé que no quedaré avergonzado».

L: Palabra de Dios.

Es preferible cantar el salmo.
De lo contrario, en familia, también se puede leer el salmo alternando estribillo y estrofas.

Salmo 21:

Todos los que me ven, de mí se burlan; me hacen gestos y dicen:
«Confiaba en el Señor, pues que él lo salve; si de veras lo ama, que lo libre».
R./ Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Los malvados me cercan por doquiera como rabiosos perros.
Mis manos y mis pies han taladrado y se puedan contar todos mis huesos.
R./ Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Reparten entre sí mis vestiduras y se juegan mi túnica a los dados.
Señor, auxilio mío, ven y ayúdame, no te quedes de mí tan alejado.
R./ Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alábenlo; glorificarlo, linaje de Jacob,
témelo, estirpe de Israel.
R./ Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?


La persona encargada de la segunda lectura se levanta mientras los demás permanecen sentados.

Segunda Lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11

Cristo, siendo Dios,
no consideró que debía aferrarse
a las prerrogativas de su condición divina,
sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de siervo,
y se hizo semejante a los hombres.
Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo
y por obediencia aceptó incluso la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas
y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre,
para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla
en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor,
para gloria de Dios Padre.

L: Palabra de Dios.

Todos se levantan en el momento en que se dice o canta la aclamación del evangelio.

R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Cristo se humilló por nosotros
y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas
y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús. 

Se puede elegir una forma más breve de la lectura: se omiten las partes del texto entre corchetes.

G: Lectura del santo evangelio según san Mateo 27, 11-54.

Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó:
“¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús respondió: “Tú lo has dicho”.
Pero nada respondió a las acusaciones
que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos.

Entonces le dijo Pilato: “¿No oyes todo lo que dicen contra ti?”
Pero él nada respondió,
hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado.

Con ocasión de la fiesta de la Pascua,
el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran.
Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás.

Dijo, pues, Pilato a los ahí reunidos:
“¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás
o a Jesús, que se dice el Mesías?”
Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia.

Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle:
“No te metas con ese hombre justo,
porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”.

Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos
convencieron a la muchedumbre
de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.

Así, cuando el procurador les preguntó:
“¿A cuál de los dos quieren que les suelte?”
Ellos respondieron: “A Barrabás”.
Pilato les dijo: “¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?”
Respondieron todos: “Crucifícalo”.
Pilato preguntó: “Pero, ¿qué mal ha hecho?”
Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza: “¡Crucifícalo!”
Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto,
pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo:
“Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes”.
Todo el pueblo respondió:
“¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”
Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás.
En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio
y reunieron alrededor de él a todo el batallón.
Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura,
trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza;
le pusieron una caña en su mano derecha
y, arrodillándose ante él, se burlaban diciendo:
“¡Viva el rey de los judíos!”, y le escupían.
Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza.
Después de que se burlaron de él,
le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón,
y lo obligaron a llevar la cruz.
Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”,
le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel;
él lo probó, pero no lo quiso beber.
Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes,
y se quedaron sentados ahí para custodiarlo.
Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena:
‘Éste es Jesús, el rey de los judíos’.
Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones,
uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole:
“Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas,
sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz”.
También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos,
diciendo: “Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo.
Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él.
Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora,
si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’ ”.
Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra.
Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz:
“Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”,
que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Está llamando a Elías”.

Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja,
la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber.
Pero los otros le dijeron: “Déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo”.
Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.

     Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes.

Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo,
la tierra tembló y las rocas se partieron.
Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto,
y después de la resurrección de Jesús,
entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús,
al ver el terremoto y las cosas que ocurrían,
se llenaron de un gran temor
y dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.

G: Palabra del Señor.

Ninguna aclamación concluye la lectura, se guarda un rato de silencio antes de la meditación.
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MEDITACION: He aquí que viene a ti tu rey.
San Andrés De Creta (Homilía para el Domingo de Ramos: PG 97, 989-993.) Natural de Damasco, monje en Jerusalén, obispo de Creta, poeta litúrgico y predicador. Es venerado como santo en Oriente (660?-740)

Vengan y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos,
salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania
y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión,
para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.

Porque el que va libremente hacia Jerusalén es el mismo que por nosotros,
los hombres, bajó del cielo, para levantar consigo
a los que yacíamos en lo más profundo y colocarnos, como dice la Escritura,
por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación,
y por encima de todo nombre conocido.

Y viene, no como quien busca su gloria por medio de la fastuosidad y de la pompa. 
No porfiará, dice, no gritará, no voceará por las calles,
sino que será manso y humilde, y se presentará sin espectacularidad alguna.

Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión,
e imitemos a quienes salieron a su encuentro.
Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas,
sino para prosternarnos nosotros mismos,
con la disposición más humillada de que seamos capaces
y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene,
y así logremos captar a aquel Dios
que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente
el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza,
para venir hasta nosotros y convivir con nosotros,
de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con él.
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Peticiones
Todos permanecen de pie y se hace la Oración universal, tal como ha sido preparada,
o bien según la fórmula siguiente:

G: Con confianza filial y con sencillez de corazón,
acudamos a nuestro Padre del cielo
y, en nombre de la humanidad, supliquémosle diciendo:
R./ ¡Oh Señor, envía tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra!

A nuestro papa Francisco, a nuestros obispos, a nuestros sacerdotes,
envíales el espíritu de piedad: que en estos tiempos de prueba
sigan siendo, más que nunca, los buenos pastores que guían,
ante todo con su ejemplo, a tus hijos por los caminos de la santidad.
R./ ¡Oh Señor, envía tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra!

A nuestros gobernantes, envíales el espíritu de consejo,
que tomen las decisiones adecuadas para el bien común.
R./ ¡Oh Señor, envía tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra!

A nuestros investigadores, envíales el espíritu de ciencia,
de modo que encuentren los remedios que salvan.
R./ ¡Oh Señor, envía tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra!

Al personal sanitario, envíales tu Espíritu de amor,
Para que transfigure el don que hacen de sí mismos al servicio de los demás.
R./ ¡Oh Señor, envía tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra!

A los enfermos, envíales el espíritu de fortaleza. Haz que tengan el coraje
de ofrecer su pasión, en unión con la Eucaristía de tu Hijo Jesucristo.
R./ ¡Oh Señor, envía tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra!

Envíanos,  por último, el espíritu de sabiduría,
para que, en todas las circunstancias,
adoremos el designio benevolente de tu Providencia;
envíanos también el espíritu de inteligencia,
para que encontremos en tu palabra las respuestas a nuestras preguntas.
R./ ¡Oh Señor, envía tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra!

Envíanos, finalmente, el espíritu de temor de Dios
para que permanezcamos fieles a tu amor,
y no temamos más que lo que nos puede separar de ti.
R./ ¡Oh Señor, envía tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra!

Intenciones libres

Comunión Espiritual

G: En actitud orante, ante Dios Creador de todo y Redentor nuestro,
     con sed de Eucaristía, pedimos:

Yo quisiera, Señor, recibirte con aquella pureza,
     humildad y devoción con que te recibió tu santísima Madre;
     con el espíritu y fervor de los santos.

     O también, con la fórmula de san Alfonso María de Ligorio:

Creo, Jesús mío, que estás realmente presente
     en el Santísimo Sacramento del Altar.

     Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma.

     Pero como ahora no puedo recibirte sacramentado,
     ven al menos espiritualmente a mi corazón.

Se hace una pausa en silencio para adoración

     Como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a ti.
     No permitas, Señor, que jamás me separe de ti. ¡Amén!
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Bendición final
Todos la pueden pronunciar, mirando hacia la cruz, para pedir la bendición del Señor.

G: Que la paz de Dios guarde nuestros corazones y nuestros pensamientos
     en Cristo Jesús, nuestro Señor. ¡Amén!

O bien:

G: Que el Señor vuelva su rostro hacia nosotros y nos conceda la paz. ¡Amén!

       Todos se signan. Los padres podrán trazar el signo de la cruz en la frente de sus hijos.
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Oración del papa Francisco a María en la pandemia

Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro
     Camino como signo de salvación y de esperanza.

Nosotros nos confiamos a ti, Salud de los enfermos,
     que bajo la cruz estuviste asociada al dolor de Jesús,
     manteniendo firme tu fe.

Tú, salvación de todos los pueblos,
      sabes de qué tenemos necesidad y estamos seguros
      que proveerás, para que, como en Caná de Galilea,
      pueda volver la alegría y la fiesta
      después de este momento de prueba.

Ayúdanos, Madre del Divino Amor,
     a conformarnos a la voluntad del Padre
     y a hacer lo que nos dirá Jesús,
     quien ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos
     y ha cargado nuestros dolores para conducirnos,
     a través de la cruz, a la alegría de la resurrección.

Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios.

No desprecies nuestras súplicas, que estamos en la prueba,
     y libéranos de todo pecado, o Virgen gloriosa y bendita. ¡Amén!
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Canto a María
Para concluir la celebración, se puede entonar el canto siguiente, o cualquier otro conocido, mirando en su caso hacia una imagen de la Virgen colocada previamente en la sala de estar.

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios;
     no desoigas las súplicas
     que te dirigimos en nuestras necesidades,
     antes bien, líbranos de todo peligro,
     ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!

V./ Ruega por nosotros, santa Madre de Dios.
R./ Para que seamos dignos de alcanzar
       las promesas de nuestro Señor Jesucristo. ¡Amén!